ELEGÍA AL ARTE
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Lo último que podía decirse sobre el arte ha sido dicho, pero no comprendido, o sólo por una rara minoría: "arte puede ser cualquier cosa".
Los historiadores del arte aguardan ansiosos a tener perspectiva suficiente para poder juzgar con su amada objetividad, la que intuyen como gran revolución conceptual que les rescate de la pérdida de fuerza de ese productivo impulso, al menos en lo que a proporcionar un catálogo de estilos se refiere, del fenómeno de las vanguardias manieristas del fin de la modernidad. Las que tanto trabajo les dieron, y que se han ido precipitando en la misma ruptura que las motivó a rebelarse contra todo lo establecido, para finalmente alinearse de nuevo junto a esa actividad mercantil que propició la aparición de lo artístico, y que convierte las únicas propiedades del creador, el espacio y el tiempo, en la plaza del mercado en la que progresivamente, se alzan la figura del artista seguido de sus obras como monumentos culturales, hasta el más alto rango social.
No tendrán que esperar mucho para poder continuarse en su profesión y finalizar con su invención histórica del proceso del arte, pues tras la ruptura del artista contemporáneo con las vanguardias, se oculta - aunque camuflado tras la defensa de las ideas individuales, de la subjetividad, la falta de metas y voluntad innovadora - el mismo deseo de protagonismo inmóvil que en sus predecesores: la ambición de la consagración artística, a partir de las mismas herramientas utilizadas desde el principio del tráfico de obras de arte; me refiero a las de la originalidad y la provocación. En realidad esa extraña especie de historiadores que son los críticos de arte, ya saben cuál es su destino, aunque se niegan a abandonar el barco hasta que éste se hunda, con vistas a sacar de él todo el provecho que puedan. Tras esto se alarga la sombra que proyecta de las cosas esa tenebrosa luz que emite lo contemporáneo en el ocaso de los juicios de verdad, es la crisis que se cierne sobre la idea de lo real, a consecuencia de haberse perdido el rumbo inequívocamente señalado hasta hace sólo un instante. A los sentidos aparece la nada sobre la que hasta ahora ignorábamos se extendiese nuestro mundo, para tragárselo y hundirnos a nosotros con él mientras nos preguntamos cómo hemos podido flotar en nave tan vulnerable durante tanto tiempo, si sólo nos importaba sentirnos protegidos. Si desde la nada nos situamos como observadores de la historiación artística del siglo veinte, la veremos como una estrella que fue poderosa y a la que le ha llegado su ocaso con forma de supernova. Alumbra en lugares del universo donde su luz jamás había sido imaginada; ofrece un espectáculo hermoso y devastador donde los haya, para quien sobrecogido por el sonido gira la cabeza como nunca se obligaría a hacerlo y queda maravillado sin poder retirar la mirada. Pero los que escuchan más allá de quedar deslumbrados, los que perciben desde el silencio, asisten a cómo una onda expansiva destruye absolutamente todo lo que estaba edificado.
No sólo hay que tratar como criminales a los críticos de arte tradicionales, ambiciosos de juzgar teniendo en cuenta las circunstancias de todo orden: biográficas, estéticas, morales e históricas, para establecer una reconstrucción fiel y por tanto objetiva. También hay que hacerlo con cualquiera que pretenda dar una explicación, es decir: partir de una obra, o más bien hacer una obra; aunque lo hagan desde presupuestos interpretativos y subjetivos, sacados de movimientos políticos, sicoanalíticos, existencialistas, semióticos o herméticos. Ellos también parten de especulaciones teoréticas apriorísticas.
El arte no es más que otro concepto antiguo y pernicioso, igual que todos los que pretenden fijar una forma y encadenarnos como criaturas inmóviles a ella; lo mismo que la religión, la moral y la filosofía misma, el arte es una forma de decadencia de nuestro impulso vital, la voluntad de crear.
El auténtico ser de la obra de arte, la verdad de la obra de arte, reside en su valorización, en el determinado valor que se le dé según un criterio; esto implica que parte fundamental del ser obra, suponga poder ponerle un marco en el sentido más amplio de la palabra. Un parergon valorativo, que haga posible que la mera descripción con ambición objetivista cobre sentido; me refiero a una justificación histórica, que inmovilice la acción creativa para convertirla en un objeto artístico, en obra de arte. Sólo cuando la creación se enquista por la cultura, se produce la tan preciada obra de arte. La historia del arte, sólo es un envoltorio descriptivo de una serie de objetos magnificados; en general, la historia tal cual es concebida no es más que una constante pretensión de atrapar y oprimir las acciones con los conceptos tal como éstas quieren ser recordadas, tras este proceso se convierten en puras invenciones del intelecto humano. La historia es una mítica moderna; igual que el mito para nuestros antiguos tenía valor absoluto como alegoría, la historia tiene el valor de ser objetiva, en virtud del método que la eleva al nivel de científica; esta ejecución aséptica, no lleva a ningún lugar distinto de aquel al que fueron conducidos los amantes del mito, sólo que ellos llegaron con las manos manchadas de tierra. "La historia sólo es escrita por los vencedores". La historia modela nuestra memoria lejana como pueblo, con las reglas del presente de nuestra civilización, le da al pasado la forma que queremos que tenga, para justificarnos en el instante presente, y aún más, de cara a marchar impunemente a un futuro prefijado; por eso no es extraño por ejemplo, que aparezcan nuevas teorías mucho más limpias que las de los primeros arqueólogos, en torno a la razón de ser de los frescos prehistóricos, las cuales eliminan toda connotación mágica, a favor de presentarlas como simples fabricaciones con valor estético en busca de la belleza. Otros presentes, nuevos pasados más acordes. La obra de arte se eterniza como tal mientras exista un criterio histórico que la redefina descriptivamente dentro de la valoración que hace de su época, un criterio que la mantenga a flote en la modelación de su tiempo; partiendo de rasgos como su origen, antigüedad, autoría o sencillamente sus anteriores poseedores, rasgos descriptivos que funcionan como marco, algo que pudiera resultarnos por sí mismo insignificante e insípido, se convierte en objeto de gran valor, en obra de arte. Esto viene sucediendo desde el principio del arte, y en especial desde que los críticos se hicieron fuertes, esto es, desde el principio de la crisis del arte, desde el momento en que la asistencia de un intermediario con capacidad de juicio se hizo imprescindible; ¿o acaso no han pasado las figuras más representativas del arte de locos a genios, en el instante que el mundo, por medio de estos árbitros, les ha perdido el miedo y ha encontrado la manera de sacarles provecho.
El siglo XX ha desarrollado una sobrevaloración de la obra de arte, y por supuesto del artista. Cuanto menos se entiende la voluntad creadora, cuanta menos importancia se le quiere dar, más hay que ensalzar la obra como gran construcción sobre él, así menos peligroso se percibirá su origen; por eso la manifestación del final del arte, al contrario que el final de otros conceptos en decadencia, se ha magnificado, se ha llevado a su extremo como ser objeto, para emprender una rápida comercialización, favorecer su uso como mercancía, elevar en torno a él un espectáculo que desvíe la atención del hecho oculto detrás: la crisis del arte como cárcel, como cepo de la creación.
El que haya obra de arte, implica que exista una descripción válida y aceptada por un conjunto más o menos grande, de una acción creativa interrumpida como objeto excepcional; aquí radica la falta de comprensión por un público de espectadores del llamado arte conceptual, sencillamente sucede que falta una explicación satisfactoria, una descripción masivamente válida del ser obra conceptual, el ser de la obra conceptual pone fin al ser de la obra de arte, aunque sus artífices lo ignoran, porque su atención puesta en el punto en que apoyan su bastón les impide percatarse de este hecho. Su explicación como obra implica el fin de la obra de arte; el fin del arte supone que el artista conceptual sea un suicida y al mismo tiempo un asesino de todo artista; el asesino involuntario del arte pero también el liberador de los supervivientes.
La idea de artista, es una consecuencia directa de la aberración obra: quien es artista produce obras, luego fabricar obras produce al artista; se alimentan mutuamente, se necesitan como dos piezas que casan en una maquinaria. El artista quiere ser una forma acabada, una figura definitiva, definida por su retrato, por el autorretrato que hace de sí mismo como cartel o fachada, él quiere ser una obra terminada. Cuando el creador decide reducirse a la figura cultural del artista, es por la necesidad de reconocerse como figura dada por el mundo.
Desde que el romanticismo introdujera la figura del artista atormentado, enfermizamente melancólico y con tendencia a lo apasionado y excesivo, mientras que ensalzaba su débil subjetividad, la cual habitualmente le conduce a un nada honroso suicidio desesperado pero lleno de esperanza, el mundo aprendió a sacar buen provecho de esta figura decadente, haciendo que el creador pasara de ser un artista productor de objetos, a ser el producto mismo; ha utilizado su vanidad, ha explotado la superstición del genio como gran apasionado de la creación, víctima de una deformación hedonista basándose en la creencia en el talento.
Los que han anhelado el arte, los que han andado detrás de consagrarse artistas, han deseado por encima de todo el éxito, el reconocimiento social, las miradas de admiración, hasta hacer que para ellos crear fuera un mero accidente. Algo muy distintos son los creadores solitarios, situados más allá de títulos, más grandes, llevados por un impulso de creación que se hace en ellos más fuerte y más necesario que en el resto de gente, son por ello temidos y odiados, son asesinados para elevar monumentos sobre sus terriblemente hermosos cadáveres, el mundo congrega en torno a su ya inofensiva imagen discípulos, los que le convierten en reliquia fetiche a la que reverenciar. Con estos fanáticos del genio nacen los movimientos artísticos, al tomar como meta el apogeo del que han elegido maestro; son el ponerse unos objetivos claros, unos límites infranqueables, una forma de no perecer ante la vastedad de un horizonte infinito. El fin inevitable de semejante dinámica no podía ser otro que el de consagrarse a la comedia del arte, rechazarlo todo por sistema, abandonarlo todo y hundirse definitivamente en el absurdo de la obra vacía, la obra por la obra, provocación e innovación estética como único objetivo, la nada pasiva; este fenómeno contemporáneo se llama arte conceptual. Semejante artista introduce el elemento destructivo definitivo, antepone el fondo a la forma - como si crear fuera acaso algo distinto que sondear las profundidades - pero lo que ellos hacen fondo, es llenar de contenido formal el armazón vaciado de la obra. Hacen de la obra la anti-obra, la componen con antimateria; dejan sólo el esqueleto, vacían de creación y valorizan precisamente su ausencia. Muestran la visión más oscura, el discurso que hace la obra; lo dejan desnudo y lo convierten en obra, arrancan la carne de sus huesos y los dejan blanqueados sobre una superficie lisa e infinita, eterna y absoluta. El artista conceptual, en origen, es la ruptura con el arte, pero en el instante posterior a ésta se muestra impotente de liberarse del título; así se descubre que lo difícil de la ruptura es sobrevivir a ella, pasear sin temores sobre las ruinas dando muestra de una naturaleza fuerte e implacable de creador más allá de todo, conocer la forma en que se supera la obra, como se termina con el discurso vertido sobre la creación. Debemos enfrentarnos al arte de la misma forma casual con la que quiere como cualquier concepto, formar parte de nuestras vidas, pero conscientes de su artificialidad, embestir directamente a su ser obra; para lo que no nos queda más remedio, hasta deseducarnos, que exponernos por tiempo prolongado a sus límites, liberándonos poco a poco de todo residuo descriptivo, hasta que se produzca en nosotros esa experiencia sensual de la creación, la obra se irá disolviendo y lo que era un tener enfrente, se torna un tener en torno nuestro, progresivamente se percibe la acción, se aparece el sentimiento y la exaltación de la voluntad creativa. Sin preguntas ni búsqueda, un encuentro sobre la piel, un golpe directo y embriagador sobre lo que somos, sin fórmulas de análisis, sin criterios estéticos, ni métodos descriptivos.
En contra de esta experiencia, se encuentra la necesidad humana de establecer rangos, la cual nace de la necesidad de diferenciar agrupando según algún criterio, es decir, de encerrar casos particulares bajo el peso de un determinado concepto. La necesidad de lo artístico, del concepto arte en un mundo de valorizaciones, es enfrascar el sentimiento de lo sublime individual mediante una sublimación colectiva magnificadora; o dicho de otra manera: la acción creativa queda reducida a cierta búsqueda racional y contemplativa de la vanidosa belleza según el criterio colectivo imperante - entendiendo por belleza, aquello que al hombre le es humanamente estimulante en su vida - para instaurarse en otra verdad absoluta más, y así eternizarse permanentemente en el mundo; nada que ver con el impulso creativo. Pero cuando esta clasificación se abre a todos los casos, desaparece la necesidad del criterio que solicita clasificar para definir un valor superior. Con el fin de la búsqueda de la belleza, se empieza a incubar la enfermedad del concepto arte, la lenta decadencia de su vigor; paulatinamente se va arrastrando al anuncio fatal de su destrucción, a la inevitable sombra que se cierne sobre su historia, "lo que sucederá y no podrá suceder de otra manera", el nihilismo está llamando a las puertas.
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Desde que se denominaran de forma deliberadamente desprovista de sentido, dadaístas, el grupo de poetas, pintores y escultores con pretensión de escandalizar y destruir la concepción clásica del arte mediante el escarnio, el irracionalismo, el azar y la intuición, hacen aparecer, más allá de sus aspiraciones, la obra como gran voluntad de la nada. En este camino se manifiesta la necesidad de aplicar a la obra el principio de indiferencia, para culminar con la anulación de las nociones de belleza y fealdad; ¿por qué entonces siguieron siendo presas del arte, por qué hicieron más que nunca de la obra un valor de cambio?. El movimiento "dada" está acabado desde el momento en que sus miembros se descubren presos de la figura cerrada del artista, sencillamente por esto surge el surrealismo, mejor dicho, se desemboca en el surrealismo; nunca hasta éstos, los representantes de un movimiento histórico artístico habían sido con tanta fuerza sus convencidos fundadores y se habían agarrado tan desesperadamente a él. Los surrealistas han catado la nada, la obra banal, la indiferencia ante la belleza como supremo valor, la neutralidad total, han visto cercano el vacío y han atisbado esa clase extrema de sensación terrible que es la angustia; hay que dar una justificación a la escritura y a la pintura automática, su mera ejecución se vuelve insuficiente. Si los dadas eran rebeldes, los surrealistas quieren ser revolucionarios; detrás de toda euforia y embriaguez tiene que existir una lógica, aunque sea de talante irracional, alucinatoria y onírica, simplemente se trata nuevamente de justificar al artista, no permitir que se desvanezca como tal en su creación, no dejar que se aleje del mundo que todo lo ata en corto, detrás de todo, volver a la pretensión de descifrar la realidad. A pesar de este movimiento de retroceso, lo que se había puesto en marcha era imparable, tiempo después de que la mayoría de sus miembros se descubrieran incapaces de llegar a las últimas consecuencias, después de que se retornara tras su defunción a los mecanismos que debían ser destruidos, de que se retomara la decadente dinámica que favorece lo artístico: el espíritu que motivó el dadaísmo se hizo terrible y extremo. El viaje autodestructivo terminó siendo recorrido hasta sus últimas consecuencias, en principio en las llamadas artes plásticas y, en sus dos vertientes más radicales. La nada subyacente al concepto aflora mostrándolo como decadente y en descomposición: en primer lugar se aparece en forma objetual, en tendencias devastadoras que ensalzan la obra física por sus meras cualidades como discurso material sensible, por la que viene impuesta una infranqueable, fría y neutra estética con valor absoluto. Como oposición a esta forma final de arte objetual, aparecerá en segundo lugar, la obra como puro concepto, esta corriente hará, como ya he dicho, de la obra la mera idea de obra. El objeto vacío y el vacío como objeto, estas dos formas radicales de obra aplastan toda la historia del arte, toda clasificación artística: la música, la escultura, pintura, escritura y cuantas más se quieran, son consumidas por su definición, se les arrebata el impulso que era encerrado por ellas, se les deja como una caja blindada que no guarda en su interior aquello para lo que fue construida, la obra pasa a ser la mera idea de inmovilizar la creación cuando esta ya no sucede. Cualquier cosa puede pasar a ser arte por la mera elección del artista, el concepto que elige, selecciona y eleva a su capricho, se muestra inservible. El arte se desvela como un envoltorio vacío, como un envase sin contenido. Cuando el ser del objeto, ya tenga éste rango de obra o de mero útil cotidiano, cuando nuestra forma de relación con este ser se convierte en una mera descripción, así sea como materia o como carga conceptual, el mundo se des-hace, pero no descubrimos en su descomposición la creación que lo formó, que lo modeló, sólo vemos la nada en la que se edifica, el vacío que se abre más allá de sus puertas, y la caída a las profundidades del abismo se convierte en lo más deseable. La definición de arte pasa a ser la de la nada, y también la del mundo.
El inevitable y previsible movimiento paralelo de reacción, el acto reflejo ante el miedo a algo mucho más grande que todas las cosas dadas por el mundo, el presentir la nada como la más aplastante angustia, nuevamente motiva una respuesta de auto conservación, que lleva a retirarse lejos del borde del precipicio, a tratar que todo siga como antes. En este paroxismo suceden reacciones opuestas a cada una de las formas de acercarse a la nada: para empezar, en lo objetual se produce una tendencia a recuperar el arte como algo popular, el arte como un fenómeno de masas, disfrazado de accesibilidad, se acerca a la idea de un realismo descarnado; literatura social, aspiraciones objetivistas características del periodismo, hiperrealismo pictórico y escultórico, reproducciones en serie, desenfrenada actividad editorial y convocatorias musicales masivas. Arte a fin de cuentas, sin mayor pretensión que el entretenimiento, y unos productores artísticos motivados por la aspiración al éxito, y protegidos por unos distribuidores inspirados en recuperar el viejo filón de principios de la crisis, que vendrán a sustituir con su ausencia de escrúpulos, a los ya en descomposición críticos, marchantes y editores. Por otra parte, en la corriente conceptual de reacción al peso de la nada, se encuentran los experimentos estilísticos más radicales, abandono del discurso de lo real, abrazos desesperados a la moribunda metafísica, y la superación - aunque se podría hablar de rehuir - de la lógica y la retórica, a favor de un lirismo radical. Es un regreso al espíritu de las vanguardias, un rechazo a todos los acontecimientos políticos, una exaltación de lo personal; con la ventaja de que la defensa de un arte ya desprovisto de identidad artística, encuentra acogida en los dañados círculos culturales y contraculturales desbastados por la crisis del concepto. Esta recuperación de la rebeldía desde el miedo, se dirige a resucitar el solemne principio de la universalidad. En ellos se hace palpable la desaparición de la historia del arte, pero en una recuperación aterrada de la protección que como explicación justificativa ofrecía en el mundo el arte.
En este punto nos encontramos con artistas discutiendo en torno a un cadáver, sobre cuál debe de ser la definición que hay que insuflar a este monumento derrumbado, para que vuelva a respirar como en otros tiempos. Encerrados en este tanatorio de la postmodernidad ya han elegido cuál ha de ser su postura, el pragmatismo se la ha impuesto. El marco pasa a ser el mismo para todo: el de los intereses y dictados de la moda en función del extremo culto a la imagen, condicionado por el desarrollo de un lenguaje publicitario, que lleva al hombre con un desmedido deseo de eclecticismo a la renuncia de toda posible identidad y, sobretodo, a moverse muy deprisa.
La historia del arte, con ese empeño en enriquecerse tras la Segunda Guerra Mundial de nuevas corrientes sólidas, reconoce entre los pintores una tendencia insólita: que identifica con una lucha contra la forma - la llamará informalismo - pero es en realidad una feroz lucha contra la figura. Esta lucha contra la figura, muy lejos de ser uno de los deseados innovadores fenómenos renovadores, es exactamente el carácter constitutivo y esencial de la creación musical, en colisión como es natural con la idea clásica de la escritura, la cual había impuesto su concepción narrativa cerrada a la pintura como ilustración, la había encerrado en esa cárcel gramática que son las normas para los conceptos. Pero en la pintura no se trata en ningún caso de nuevas valoraciones, puesto que esta guerra contra la figura es una constante que aparece en la creación de Rembrandt, Velázquez, Goya, Turner y como en ellos, en cientos de creadores que se resistieron a encerrarse en los límites formales del discurso de la realidad, e hicieron, aunque presas de la obra, que ésta luchara por no permanecer inmóvil y fuera capaz de descomponerse en acción creativa, inclusive en esa gente castrada en su capacidad creativa, que quiere comparecer pasivamente como espectador a una obra, les enfrentan a la creación cautivándoles y arrebatándoles toda posibilidad de distanciamiento. La lucha contra la figura dispone en toda creación, la tierra tal cual surge en el momento inmediato a apreciar activamente la nada; pero como la historia del arte se enfrenta a este impulso como a otra tendencia más, como al movimiento último representativo de la modernidad, lo encierra en la forma inmóvil y completa de la obra terminada, lo enmarca en un mundo formado que aprieta y ahoga. Si lo que se conoce como obra informal es liberado del marco, de la noción de obra, y empieza a disolverse, el espectador se siente desaparecer como tal, y experimenta la apasionante sensación de crear a partir de la materia virgen, de la misma forma que hace cada día el mundo, pero sin atenerse a normas o reglas, sin gramática y discursos. Sentirá la tierra como por primera vez cada instante, y comprenderá el absurdo de hablar sobre figuración y abstracción, fantasía y realidad, ya que toda creación se le aparecerá como una misma cosa. La materia que descriptivamente se encontraba encerrada en el marco histórico dejará de estarlo y será sólo presente; no habrá apertura ni representación, sólo fusión, sólo percepción, sólo formas puras y no figuras. Como si de un fluido se tratara, a medida que se tranquiliza la corriente, que las encrespadas olas dejan de batir las orillas, se comprende la manera en que a partir de un flujo sensual puesto en acción por nuestras ideas, son creadas las figuras con los hechos sensibles anteriores a todo mundo, y entonces se habrá descubierto el creador para luchar contra todo tipo de obra cerrada, de objeto inmóvil, y para convertir toda experiencia sensorial en una experiencia creativa y no una percepción de un mundo. Romper con los conceptos, con el arte, y ser activamente sobre la nada un creador nihilista. La nada es nuestro vasto horizonte, la eternidad hecha instante, la manifestación de nuestro verdadero poder, la superación del estar encerrados en un proceso determinado y del estar divididos en períodos concretos; ya nunca podremos darnos por satisfechos, ni configurar nuestra memoria de casuales acontecimientos como si de fases vitales objetivamente conocidas se tratase, fases que tienen su origen real en el hecho de estar decayendo un impulso vital determinado. La historia como compilación de sucesos terminados se aparece como el mayor de los absurdos, sólo importa lo violento y rápido, o lo agónico y lento que creemos aquello que creamos.
Sólo cuando la creación se enquista por el mundo se produce el objeto, sólo cuando la creación se enquista por la cultura, se produce el objeto artístico, la obra de arte. Quizás sea necesario hablar de una nueva mítica, una explicación decididamente creada, sin pretensión realista, objetiva, científica... estamos, tal como nuestros arcaicos antecesores hicieron su descripción genésica del mundo, configurando la que es nuestra decadente cosmoagonía del mundo, sólo nos queda crear o yacer eternamente en la nada.
Lo dicho, sólo debería hacer sangrar a los reumáticos amantes del arte por el arte, postrados en el confortable lecho del arte, convencidos de que este les resguardaría del frío y de la humedad del invierno más largo, de que les haría pervivir incluso por encima de sí mismos. También debiera tener sus efectos sobre los que han permanecido indiferentes, aletargados, pues les abre un sendero que les había permanecido oculto, les borra esa sonrisa del que no entiende nada y deduce que debe por lo tanto ser gracioso; al resto, los menos, los que intuían un final y presentían un principio, ésos debieran estar pletóricos o llenos de gozo. Quizás sea posible mayor claridad, pero dudo que sea posible mayor contundencia: esta vorágine de destrucción desatada sobre todos los conceptos de verdad absoluta ha alcanzado definitivamente al arte; sólo hay que ver el lamentable estado en el que se encuentra lo artístico. Se puede reconocer a los que sobrevivirán, o por lo menos a buena parte de ellos, pues nadan contra corriente para salir del torbellino, ya no por rebeldía, sino por mero instinto de supervivencia, pues son los que han visto con claridad que el arte también ha muerto.