Despertar y otros aforismos
Despertar...
¿Qué anochecer tan hermoso nos causa dolor?
Es el anochecer del saber, es estar de vuelta del día,
es sentir,
es estar aquí frente a nosotros,
frente a lo que vemos y a lo que somos, frente a lo que sentimos.
No queremos sólo saber, eso es esperar... y nosotros queremos actuar.
El sol, este sol,... tu sol, su luz nos embriaga;
la luna,... nuestra luna, tu luna,
Es la misma, blanca, nuestra;
todo esta aquí,
esperando a que lo mires,
esperando a que lo tomes y lo conviertas en ti,
en expresión,
en lenguaje propio y único,
en naturaleza insustituible.
Necesitamos crear para no enfermar,
para no contagiarnos de las miserias de un único orden.
Por la simpleza de lo impuesto debemos
transformar la esencia del mundo en Caos,
tenemos que crear para que entre la luz en la cueva del prisionero,
hacer que dance el pensamiento en un suspiro,
entre luces y sombras,
sigiloso, silencioso...
El gusano recuerda nuestra condición,
(nihil) hombres hoy,
mañana... nada.
Podredumbre de los
pensamientos difuntos,
ya muertos,
el ayer de nada nos sirve;
es el peso de la lucidez lo que proclama la necesidad
de transformar todo,
el claro del bosque sólo se abrirá a
aquellos que piensan y actúan, a los que crean desde sus entrañas
libres de grilletes.
El pensamiento ahora duerme aletargado tras mi beso,
el Caos hoy despierta,
grito y es luz, es lucidez,
es la creación de un nuevo des-orden.
* * *
Condenados
En un tiempo, anterior a éste, en el cielo hubo una terrible lucha entre existentes eternos:
Hasta entonces todos parecían vivir en completa armonía. En un principio los existentes eternos eran inocentes hasta que abdicaron de su inconsciencia, para entregarse en manos de una red de ciencias que crearon. Inventaron el conocimiento, convirtiéndose así en seres que ansiaban llegar al conocimiento último de la realidad. Pronto se dieron cuenta de que su ciencia no les proporcionaría conocimientos claros acerca de la realidad, en este momento los eternos sintieron correr por sus venas la culpa. Estos seres desilusionados con las posibilidades de alcanzar el conocimiento de la realidad, a partir de su ciencia, y rechazando el valor de su creación, dieron origen a "la verdad". Hubo unos que elevaron la verdad a la categoría de lo divino, como algo revelado, sólo Dios era entonces el creador de todo y de toda verdad última. Lo divino era la verdad. Pero entre los eternos hubo algunos que no se sentían satisfechos con esto. No se conformaban con esa sabiduría que les entregaba la verdad revelada, sino que intentaron aspirar a más, descubriendo la red de la religiosidad. Fueron los llamados hijos de la religión, los portadores de la luz, desencantados con el conocimiento revelado buscaban su propio alumbramiento, querían conocer creando su propia verdad ficticia, dejando aparte la sabiduría revelada o las verdades absolutas. La verdad para ellos sólo era un bálsamo para el dolor que provocaba la ignorancia. Entre los eternos, éstos eran considerados como alborotadores, como indignos de poseer el don de seres conocedores de la verdad divina, que les hacía estar por encima de lo terrenal. Así comenzó la apocalíptica batalla entre los existentes eternos, que duró cientos de años. Durante todo este tiempo los hijos de la religión fueron perseguidos, fueron juzgados, condenados y exterminados. Se les consideraba como el mal, como pequeños demonios que renegaban del conocimiento y por lo tanto de la divina sabiduría. Se cuestionaban la verdad revelada, se preguntaban por todo lo que les rodeaba y eso era impropio para un eterno. Tras ser perseguidos fueron exterminados, eran una casta impura. Se les juzgó bajo el signo de seres infectados de mal, se les arrancaron a cada uno de ellos sus dones y fueron arrojados al mundo terrenal. Era la penitencia, el castigo, la humillación para un ser eterno, caer a la existencia, verse preso de la ignorancia. Como en una jaula, un espacio limitado, un lugar donde las verdades absolutas castigan, donde se nace, se vive y se muere, donde nada es eterno y cada instante lo es, así era el lugar donde fueron arrojados los portadores de la luz. Como castigo les arrojaron a un lugar donde no encontrarían jamás la inocencia, ni tampoco la ciencia, donde todo era relativo, donde el azar ocupaba su lugar. Era la nueva condición a la que se tenían que enfrentar. Como expulsados, tendrían que soportar al límite sus pasiones y la impotencia de tener el deseo de conocer, en un mundo incognoscible, llenos de dudas e ignorancia. Aquella naturaleza a la que pertenecieron los hijos de la religión y a la que subestimaron por no querer aceptar la verdad divina como absoluta, se reveló con ellos en la existencia. Esa naturaleza en la existencia los tomo como hijos y los insertó en sus entrañas, ahora podría ejercer su diluvio universal en contra de aquéllos que la traicionaron, aquellos penitentes que se veían inmersos en el castigo de la existencia. Así los portadores de la luz, aquéllos que abdicaron del conocer revelado, se convirtieron en hombres, en seres terrenales. La naturaleza que adoptaron en la existencia tomó parte en cada uno de ellos, y sin hacer contemplaciones llenó de imperfecciones sus cuerpos, los construyó frágiles para así disponer a su antojo de su destino. No accederían jamás al conocimiento, porque rechazaron la verdad que les daba la "Divina Sapientia", pecaron por rechazar el conocimiento divino, en un lugar donde la verdad debía ser revelada. Crearon su propia verdad ficticia desencantados con el conocimiento y por ello en la existencia se verán sometidos a la inútil e incesante búsqueda de la inocencia perdida que arrebata el conocimiento.
* * *
"La vida es capaz de darte lo que más quieres y también de arrebatártelo de tus entrañas"
Soy terriblemente racional y por ello me doy cuenta de este enunciado; sólo puedo comprender esta premisa, como ser humano, en forma de ley súbita. A veces quisiera extirpar mi humanidad, respirar dentro de una planta, trotar y olisquear todo como un animal, perder así la conciencia que hoy me abandona en sufrimientos. De la luz... a la sombra, de la sombra... a la luz, como un boceto, rotunda e imperfecta es la vida.
* * *
Son muchos los que piensan que la creación no puede ser concebida como un lenguaje del pensamiento. Pero si el pensamiento se puede considerar como patrimonio de la humanidad, también la creación merece ese lugar. La creación ofrece la posibilidad de decir de muchas formas, pero sobre todo es la posibilidad de "decir", y por ello debe ser considerada como una acción del pensamiento. Tanto el teatro, la música, las artes plásticas, el cine, la literatura, la poesía, son cumbres por las que el hombre ha sabido trepar para desarrollarse como tal y para delimitar su esencia. Con las diferentes creaciones artísticas hemos aprendido infinidad de formas de pensar en una sola imagen, en un sólo instante, en una sola melodía. La creación no es reducirse a la mera representación de imágenes vacías de contenido, conseguidas a través de una cierta técnica. La creación es mucho más, es la necesidad constante de querer decir algo de una forma insinuada, es una voz con eco del pensamiento, una voz especial por su sencillez y su repercusión. Fuera de todo sentido lúdico, la creación merece todo el respeto, ya que en ella residen nociones tan importantes como son la noción de "creador" y las nociones de "irrepetible" e "insustituible", que están siempre flotando en la esencia de cualquier creación. La creación ha sido siempre morada del conocimiento, fuente de cultura, fuente de lecciones, de aprendizaje. La creación es una forma de expresar el pensamiento, el sentimiento, un medio rico y plagado de la sencillez humana, una forma muy especial de decir mucho.
* * *
P. sonreía continuamente. Tenía tres meses de edad y se bañaba en la fuente de una infancia pletórica. Si le mirabas a la cara se podía ver una sonrisa constante esbozada en su cara, una sonrisa que no era normal, llena de alivio y agradecimientos. Es curioso saber que P. antes de nacer, en el vientre de su madre, había sufrido la amenaza del cordón umbilical al intentar ahorcarle. Esa especie de manguera por la que P. se alimentaba, por la que sentía el calor y la confianza de la vida, le había traicionado intentando ahora acabar con su voluntad de vida. P. tuvo que ser extraído del vientre de su madre urgentemente, para que no se asfixiara en la más absoluta nada. Muchas veces me he preguntado si esta simpatía desbordante y prematura que P. manifiesta hoy, habrá surgido de ese alivio irreparable con el mundo al haber sido salvado del lecho de la muerte sin antes conocer la amenaza del nacimiento. Tal vez el carácter de P. se haya visto modelado y predeterminado por aquella experiencia uterina. Y ahora tras nacer con una madurez que le ha otorgado el caminar por las cimas, sólo le quede sonreír como muestra de agradecimientos a la vida.
* * *
Cuánto sentimiento se derrama en una tela, cuánto de lo humano se otorga a través de un pincel, ...de las manos. Y es la vida la que nos da la rabia suficiente para crear, para escupir el interior al mundo. Así fluyen los sentimientos en formas y en colores. Invocamos al Caos para que nazca la noche y con ella la lucidez. Retorcemos el pensamiento frente a la espesa blancura, a la que siempre se enfrenta el creador, llenarla de sentido, acariciarla y ordenar cada forma, cada representación, cada bosquejo de sentimiento. Es la creación la que hace actuar al pensamiento, es la creación la que nos hace útiles y libres, la reflexión no basta, se necesita la acción, necesitamos consumarnos, dejar impregnado el mundo del yo que desconocemos, es narcisismo: Es propio del autorretrato.
* * *
Voy caminado como buen peregrino de la ciudad, siguiendo las estrellas, intentando que mi camino sea un camino rico hacia Ítaca, pero la tristeza sale a mi paso cuando me doy cuenta de que camino siempre sobre asfalto. Todo lo que mis pies pueden besar aquí es materia artificial, artificio elaborado por la mano técnica del hombre. Cuánto daría por poder pisar, ahora mismo, la tierra con mis pies descalzos, sentir la rugosidad de la materia viva, sentirme hijo, vínculo de la más entrañable fuerza. Necesito sentirme como aquellos hombres del Amazonas, que aún hoy, siguen pisando su tierra con sus pies, siguen manchándose de la sangre y la carne de su madre. Quizás aquellos que pisan la tierra cotidianamente, que incluso padecen el frío y el calor de ésta, en su ser, puedan ser considerados estrictamente hombres, pues éstos sí que entienden perfectamente el vínculo que existe entre el hombre y la tierra. Estos sí que establecen un diálogo, son conscientes de su condición y de su lugar. Sin embargo, en esta ciudad presidida por el esperpento de los espejos cóncavos, todo vínculo se ha perdido, la naturaleza ha sido secularizada y desmitificada, terriblemente no nos queda más remedio que abdicar del derecho de sentirnos por un instante hombres de verdad.
* * *
La Creación debe emerger del sentimiento de querer fecundar.
La Creación es un acto de ironía, templa la realidad y se impregna de ella.
La Creación es la mano que ataca lo inmóvil, la que busca constante devenir.
La Creación es las vísceras del delirio.
La Creación suspira en la realidad y la transforma, es metamorfosis constante.
La Creación obliga a que surja el sentimiento de suicidio en el "arte".
La Creación no es "arte".
La Creación es el acto de intentar llenar el vacío que nos rodea del yo confuso, impregnar la realidad de nuestros pensamientos y sensaciones.
La Creación es la antonimia de la esterilidad.
La Creación es el acto que nos hace embriagarnos.
La Creación debe enterrar la obra de arte.
La Creación es pensamiento,... pero también acción.
La Creación es un acto, el resultado (la obra), un accidente.
La Creación nace en las cavernas.
La Creación, para ser honesta, necesita del anonimato.
La Creación es el suspiro recíproco del ser y del universo.
La Creación es la lasciva lengua que arrastra el amante tras la carne.
La Creación es intercambio de flujos, de materias, de sensaciones, de gemidos y de gritos.
La Creación es __________________________
* * *
La voluntad de Crear
Muchas veces me he sentido impotente a la hora de intentar explicar o, mejor dicho, de hacer sentir al resto lo que implica y significa la voluntad de crear. Pero hoy me vino a la mente un caso que describe a la perfección lo que esa voluntad implica, y espero que aquéllos que no captaban mis intenciones logren aclararse, ahora, lo más posible. Sé de un creador que huyendo despavoridamente de la parafernalia del arte, y del enfermizo mercado que rodea a éste, se propuso huir, e ir en busca de la experiencia pura de creación. Este creador cogió su materia prima y partió a un lugar alejado de la cultura occidental, alejado de mercados y nociones clásicas de arte o de belleza. Llego a aquel lugar y se encontró con una sociedad plagada de diferentes etnias, diferentes tribus que sumergían sus raíces en la tolerancia. Convivían unas con otras en un mismo territorio, y lo más asombroso era que no se influían lo suficiente para perder su esencia propia. Cuando el creador llegó a aquel lugar se encontró con un sinfín de culturas y por tanto un sinfín de creencias, de tradiciones, y de visiones del mundo. Comenzaba a sentir que se encontraba en el lugar indicado para encontrar aquello que buscaba: la esencia de la acción creativa. ¿Cómo verían aquellos hombres de aldea las creaciones si no estaban bajo el hipnotismo de la palabra arte, si no estaban dentro de un sistema de mercado, de reconocimientos a la figura de genio?
El creador durante su estancia comenzó a crear y observó en las gentes autóctonas un interés muy peculiar por lo que hacía. Para ellos era una especie de mago, que hacía aparecer realidades que antes no estaban ante sus ojos. No veían las creaciones que tenían ante ellos como si fueran meros objetos construidos para una utilidad, como estaban acostumbrados, sino que observaban con sospecha, miraban, tocaban, chupaban, olían y acariciaban. Algo les atraía de aquello, que querían participar en ello de una forma instintiva. Muchos sonreían, otros se mostraban tímidos, como si aquello les quisiera robar la intimidad, como si se manifestara una realidad nueva, que para ellos era propio de lo onírico. Cuando el creador comenzaba a trabajar se le acercaban las gentes de la aldea en masa, se reunían en torno a él como si estuviera sucediendo algo digno de la festividad de un día sagrado. Los ancianos comentaban entre ellos, las madres sonreían tímidas, los niños cogían los colores y se perseguían manchándose unos a otros, los cazadores mientras fumaban y sonreían haciendo bromas acerca de las formas que se iban intuyendo, la creación estaba haciendo acto de presencia. Todos allí estaban navegando a través del océano de la creación, todos estaban compartiendo la tempestad de un mismo tiempo y un mismo espacio, eran testigos y protagonistas del proceso creativo, todos iban en la misma barca, al mismo son del mar. Ése era el instante donde la voluntad de crear se manifestaba en su pureza por ser comunitaria, se había creado un vínculo inmediato entre el creador y los espectadores activos. Ése era el acto puro de la creación que tanto anhelaba el creador en el mundo civilizado, ese instante, puro sentimiento que sólo podía darse como tal, alejado de nociones tan decrépitas como arte, belleza, mercado, genio u obra de arte.
* * *
La reminiscencia del nacimiento, de un parto. El encuentro con la luz salvaje y corrosiva de la existencia. Nacemos resbalando a través de un túnel hasta llegar a aquella luz fría que se ve al fondo, ésa es la quimera que nos espera. Nos reciben con un azote, un golpe, el primer llanto, el primer dolor. Nuestra morada, ese útero resbaladizo y cálido, era mejor que este lugar. Reminiscencia del momento en que se nace, reminiscencia del placer de estar dentro de otro ser, de no tener que ser yo, horriblemente yo. Boca abajo, sin saber qué me espera, unas manos se adentran en mi morada e intentan arrastrarme, me arrastran, me hacen daño y lloro. Que luz tan insoportable, me deslumbra y no veo. ¡Que saudade!... que melancolía, echo de menos el estar allí dentro, el estar bañado en flujos, en vísceras, en tranquilidad. Nazco y a la fuerza dejo de ser el que era, ahora soy otro, inevitablemente soy un yo independiente, un yo inundado de sangre. ¡Que terrible! nazco y embadurnado en sangre siento dolor, es el primer contacto con la existencia y ya me demuestra sus leyes, su violencia, lo que a partir de ahora tendré que soportar: mi condición vulnerable, mi yo. Ya no soy otro.
* * *
La combustión de la materia viva es imparable, los cuervos algún día vendrán a visitarnos, se llevarán en sus vísceras el gran secreto de la humanidad. Somos carne, sólo eso, carne que habilita la supervivencia de la carroña.
* * *
Entre Cimas y Ocasos
Cada uno de nosotros, como hombres individuales, tenemos que enfrentarnos día tras día a la insoportable idea de existir. Somos los únicos animales que sufrimos la perplejidad ante la conciencia del yo y del mundo. El hombre concreto e individual, tú y yo, lector...; Aquél que siente su corazón latir, es el verdadero hombre que se enfrenta a las paradojas de su condición. A este hombre que padece tanto las miserias como las grandezas de su especie, Unamuno lo llamó "el hombre de carne y hueso ". Todos nosotros poseemos algo que inevitablemente nos diferencia de los animales: los sentimientos y las pasiones. Y es que un animal jamás llorará de tristeza ni reirá de alegría, pero el hombre siempre llorará por derrumbamiento (por tristeza) y reirá por lujuria (por alegría). Los animales se escapan de la esfera de los sentimientos, esta esfera esta reservada para el pecador, para aquella especie que pretende desbancar de su trono a Dios.
La existencia nos llena de circunstancias constantemente. Como hombres de carne y hueso, estamos condenados a tener que amar, que odiar, que reír, que llorar; debemos aprender qué es la vida y también qué es la muerte. Existimos y nos arraigamos demasiado a la vida. Este arraigo, que inevitablemente padecemos por culpa de los sentimientos, es el que hace que presenciemos la lucha constante entre el mundo que nos rodea, concreto y real (un mundo lejano a nosotros), y el deseo que dentro de nosotros hierve de confusión, (el mundo del yo). Ese mundo concreto y real, que al nacer nos encontramos, parece estar hecho de diferente naturaleza que nosotros. Nuestra identidad, desconocida, casi intuida, nuestro yo como experiencia de la existencia, se siente torpe e incómodo en un mundo abstracto, inhumano y totalmente incognoscible. El mundo que nos encontramos al nacer, es un mundo que no elegimos, de ahí que perdamos la libertad en el momento de nacer. El nacimiento nos condiciona en lo más importante: en el ser y en el estar. No elegimos ni quiénes somos, ni dónde nacemos. Nacemos sin pedirlo, y nos encontramos ante un todo que debemos aceptar a la fuerza, un mundo abstracto y hermético que se aleja del intenso sentimiento del yo.
Es difícil aceptar la paradoja de existir, sabiendo que nacer es morir, que la vida es un proceso imparable de desgaste. Un proceso que comienza con ese primer llanto que lanzamos, al nacer, en el quirófano de un hospital, y acaba en la sala más fría de un velatorio, rodeado de los llantos de los seres más próximos. Si la muerte es nada, y la vida significa muerte, la vida también es nada.
Nuestro pensamiento es el que sufre la desesperación de existir, él tiene que enfrentarse desde la finitud de nuestra condición, al infinito, a lo eterno, al todo. ¿Qué significado puede tener para nosotros la inmortalidad, el todo del universo, frente a la realidad del yo; qué son la mortalidad y la nada? En el momento en el que tuvimos conciencia del todo inmortal e infinito, tuvimos también conciencia del yo, mortal y finito. Ésta es la epilepsia de existir: la inmortalidad no se da sin mortalidad. El paroxismo enfermizo de la existencia, nos retuerce de angustia, ante la ignorancia de un mundo que no hemos elegido. Podemos ver a través del espejo colosal de nuestra conciencia, la desalentadora condición del hombre. Es el torbellino de la existencia concreta, del aquí y del ahora, lo que desconocemos, lo que nos hace temblar. No encontramos el porqué, buscamos ansiosos la verdad y sólo encontramos confusión en nosotros. Ésta es la paradoja del hombre, existir con la conciencia del mundo y del yo, pero al mismo tiempo, desconocer e ignorar el porqué de su condición y el porqué de este mundo. Nuestro pensamiento, es quien sufre las cimas y los ocasos de la naturaleza del hombre, es quien retuerce las entrañas al ser, haciéndole testigo sacrificado de su existencia. El pensamiento, entendido no como colección de ideas, sino como un constante fluir de acciones, cambiables y libres, hace que el hombre se plantee su verdadera condición y que sienta la paradoja de ser un hombre de carne y hueso. La creación, es una de esas acciones que fluyen libres en el pensamiento. Es la acción más pura del pensamiento, es la acción sincera de escupir al mundo el yo. Por naturaleza necesitamos reflexionar acerca de todo lo que nos rodea, hacer que el mundo entre en nosotros, pero también necesitamos crear, dar al mundo nuestro yo. La creación no es tan sólo una forma de decir algo, es mucho más que una cuestión de formas, es el decir más carnal: un decir impregnado desde la agonía del yo existencial. El creador no crea por tedio ante la vida, sino que crea por rabia, por sentimiento y pasión, por necesidad de expresar su pensamiento libremente en este mundo complejo que nos llena de desilusión y desgarro. Nosotros fuimos creados sin permiso, y por lo tanto también tenemos el derecho de jugar a ser Dioses, de sentirnos por un momento del lado de lo inmortal. La creación artística es una acción libre y propia del pensamiento, el creador necesita crear para sentirse liberado de su condición paradójica. Tanto la reflexión del mundo, como la acción en el mundo, son necesarias para crear (reflex-acción). El pensamiento como llama encendida que se alimenta de lo que aniquila, no puede ser limitado a dogmatismos, ni a lenguajes cerrados. El pensamiento tiene que verse libre, tiene que expandirse, abarcando la totalidad de la existencia del yo como experiencia. No puede existir un único lenguaje del pensamiento, la pluralidad de lenguajes con los que se puede transmitir e invocar al pensamiento, es lo que hace rico a este.
* * *
¡Qué temor! ; qué vértigo tan inhumano verse allí es la oscuridad del universo,... solo, absolutamente solo, contemplando el yo ante la nada. Estar suspendido en el vacío, en la ausencia, sobre una esfera, sobre un globo rodeado de estrellas, sobre un planeta que reside eternamente en la nada. ¿Que importan entonces, en este contexto, los sentimientos, los pensamientos?. La razón es espesa y se sumerge en la conciencia, quiere saber, quiere actuar ante ese vacío que deja lo que no comprende. La cotidianidad nos engaña, nos lleva al terreno de la ignorancia, el día a día nos distrae... sólo eso. Lejos entonces queda la síntesis no lograda; la desesperación: finito e infinito, alma- cuerpo, necesidad y posibilidad; soledad eterna en un mundo que vemos a través de la paranoia de la razón...