Manifiesto-¡A los creadores!

¡A los creadores!

Como bestias heridas nos revolvemos para liberar nuestras extremidades de los cepos en los que se hallan presos y así abrirnos paso, ferozmente, por un camino inundado de cadáveres, para llegar a esa cima donde el creador se sienta liberado de todo dogmatismo. Los que creamos debemos ver lo que realmente se oculta tras términos como arte y artista: La prostitución de la acción, la claudicación del instinto y la inquietud, ante los límites de un criterio estético vigente tan satisfactorio a los fabricantes de piezas de arte y más aún para sus traficantes, nunca se es más artista que cuando se está muerto ni se ha hecho tanto arte como cuando no se puede crear.

No somos productores de objetos. La obra de arte no existe, nuestra acción no pretende la gesta de un objeto de idolatría, la grandeza de nuestra actividad no reside en la finalización de un proceso sino en la acción misma, en el devenir creativo.

Debemos de terminar con toda rancia noción de mausoleo inmóvil, monumentos donde se aborta la acción creativa y se origina el cadáver de la obra de arte, panteones honorables dedicados a velar lo difunto, almacenes que todo lo vuelven senil y enfermizo. Redefinamos nuestro espacio como un lugar de encuentro a la medida del creador, para la creación en él. Edifiquemos un espacio en el que se elimine la distancia artista espectador y se fundan en todas las formas de la creación; creaciones vivas en lugar de objetos decorativos y contemplativos.

Tanto la expresividad de la materia, como la imitación de la realidad tal cual la forma el ojo o la deforma la mente, el delirio, lo onírico, la embriaguez o la sobriedad, el símbolo, el lirismo, la abstracción o la figuración, porque todos ellos son divisiones de una misma cosa, de un lenguaje virgen listo para ser hablado. Nosotros solo vemos en las pasadas corrientes artísticas, el vano intento de satisfacer una demanda provocativa que se alimenta de innovaciones en el campo de la estética; aunque sin dejar de reconocer nuestra deuda con los precursores de nuevas formas expresivas durante estos siglos recientes, de la misma forma que lo estamos con los que pintaron los primeros frescos en una caverna o con los anónimos medievales, pues a unos nos une la contemporaneidad en la forma y a los otros mucho anteriores en el tiempo el motivo por el que creamos.

Seducidos por el cebo de la objetividad, hemos sido apresados por la formalización del lenguaje, que desprecia la certeza de la experiencia interior, de ahí la necesidad de explorar en el uso de un lenguaje no gramático, como camino a ese oscurecido rincón donde todos somos irremediablemente creadores. Abrámonos paso entre tanta carne putrefacta, liberemos al creador de su condición de artista, de su sometimiento pasivo a la expresividad de la materia, de una pose premeditada, de ser presa de la demanda, de los dogmas del mercado. Hagamos que todo lo cotidiano se empape de meditación y acción, de consciencia y creación.