Carta acerca del ismo del futuro

El motivo por el que esta carta se escribe, tiene su origen en el hecho de que al leer el manifiesto por nosotros defecado, puede producirse la sensación y así se nos ha manifestado, de que el mismo no es más que una reiteración del que en su momento redactaron los llamados futuristas italianos; este parecer no es casual.

Un buen principio sería empezar por remarcar las evidentes similitudes, para sólo después pasar a mostrar aquello por lo que no sólo son diferentes, sino que además el espíritu que lo genera es radical y esencialmente opuesto.

Para empezar, a quien conociendo el manifiesto de Febrero de 1910 haya leído el nuestro, se le habrá mostrado como prácticamente todos los puntos tratados se corresponden a los elegidos por los futuristas como pilares de su crítica, y no sólo esto, sino que además están tratados en el mismo orden; esto es así porque este manifiesto es nuestro punto de partida, hemos tomado cada uno de sus puntos y desde ellos es desde los que mostramos una dimensión oculta del problema, dimensión a la que es incapaz de acceder la superficialidad de su crítica.

A simple vista, tal como lo hicieron ellos, nosotros arremetemos contra lo que de alguna forma está instalado: Ellos dicen, la admiración por lo viejo, lo anterior, el museo, la tradición, el academicismo, lo establecido, lo clásico, los inherentes intereses de la producción artística, los amanerados y reproductores del arte; pero esto sólo es la cara visible de algo más esencial, que se desvela en su posterior apología de la técnica, ya que esto les hace como a sus predecesores ser ciertamente tempestivos; unos fabricantes de historia del arte. Qué otra cosa es, sino imponerse inspiraciones y nuevas fórmulas estéticas traídas por un sentimiento de época que se inaugura, retrato temático de los nuevos “avances” y estilos de vida de los que se espera vayan a surgir más recios productores de obras. A fin de cuentas, los futuristas italianos son parte integrante de la historia del arte, en la medida en que, al igual que durante todo su suceder, esta añade nuevas visiones provocativas con intenciones innovadoras que hacen, desde un sentimiento de apertura insólita, reubicarse e identificarse en el momento espléndido de un proceso creciente y progresivo del que uno es siempre su máximo exponente.

Toda crítica aspira a presentar una superación de algo. Generalmente desprecia y se sitúa al margen de aquello que supera, y en este desprecio anhela abrir dentro de la historia una nueva etapa que recae bajo nuevas figuraciones en los mismos defectos constitutivos que hacían que se deseara la superación de lo anterior. Nuestro escrito es crítico sólo en la medida en que es una superación de las críticas revolucionarias como modo de reciclaje artístico, esto es, de los ismos que mantienen al artista como productor en su tiempo. Es una superación de la actitud que ha venido imponiendo a los hijos de su tiempo la necesidad de fijarse una determinada descripción estética bajo la que identificarse como partícipes de un proceso hacia una meta definible, según el cual superación es despreciar todo lo que queda fuera de dicha descripción; la clave de nuestra crítica está en querer abarcar toda la historia anacrónicamente, sólo de esta forma puede ser superada, ya que sólo así no inauguramos los preceptos de una nueva etapa, sino que descubrimos la cíclica que, a modo de bucle, hace pasar siempre por las mismas descripciones y discursos como si de aportaciones insólitas se tratasen, y la mostramos como una constante actualización novicia que nos permite el habitarla sin más exigencia que el darla propiamente en un instante cargado de tensión y peso extremos en el que todo es arriesgado.

El futurismo tiene una característica que lo diferencia del resto de los denominados “movimientos artísticos”, esta es, que su pretensión se sitúa, en principio, no en reformar la concepción artística, sino más bien en situarse al margen de sus dominios; el problema sobreviene cuando en su desvalorización del arte clásico se limita a imponer una nueva definición del mismo, una nueva reglamentación de lo que es artístico sin llegar a liberarse del concepto. En ellos el devenir, la fluidez creativa, se reducen a erigirse en definición de la obra de arte, pero no libera la esencia embriagadora de la creación; esencia que está más allá de estilos de representación, de movimientos artísticos, y de corrientes estéticas, pues es exceso y desmesura. Siguen presos de la definición cerrada de obra, confunden liberar la creación como acción con el retratarla en la ejecución del movimiento, en el retrato artístico del movimiento, hacen de la descripción de la creación el tema y la definición de obra identificándola con la velocidad, mantienen el arte como el saber que produce una obra y en cuanto no se libran de la obra, se encierran en el arte y se dan para la historia. La concepción artística de los futuristas no es más que un someter la concepción del arte como producción, al nuevo carácter técnico industrial, a una valorización de un progreso técnico industrial. En su presentación de una superación, los futuristas son los primeros grandes despreciadores, pero no saben despreciar más que por repugnancia hacia lo que desprecian, sólo saben odiar, son los perfectos últimos hombres, estuvieron en la brecha pero no se atrevieron a dar el salto, miraron al abismo que se abría ante ellos pensando que ya estaban en el otro lado, no saben que el que desprecia cuanto más desprecia más ama porque “al despreciar se afirma la vida en su dolor y en la alegre serenidad”. Presencian inequívocamente antes de que su evidencia se volviera turbia, como lo es hoy, el hecho histórico del declive de los supremos valores, la desaparición de los fines, del fundamento, del referente; pero reaccionan con la torpeza de quien no está listo aún para estar a la altura de este suceso, y por eso finalmente sustituyen de nuevo el Dios caído por otro, sin librarse de él, porque esto no será posible hasta haber destruido su trono, su ley.

En la crítica al “yo” que ensayan, no podemos admitir más que una ridícula postura; qué lejos se quedan de comprenderlo como un fantasma interior residuo de un encuentro desde el exterior. Toda tentativa por su parte de suprimirlo a favor de un continuo, queda en una mera asunción de ciertos principios formales, como se demuestra en el manifiesto técnico de la literatura futurista de marzo de 1912, en el que se pretende destruir la sintaxis con la formulación de una nueva. Nuevo ejemplo de que para los futuristas, el despreciar como forma de renovación no pasa de ser una nueva presentación compositiva y estética del mismo concepto; el yo no desaparece, se oculta.

Acerca de todo lo aquí objetado al futurismo se podría alegar que todas sus carencias, aquello que no le permite en el fondo ser más que una nueva forma de impresionismo que quiere ser llevado más allá de lo puramente estético, han sido ya sobradamente enmendadas por esas formas artísticas llamadas “acciones”. Pero qué oculta contradicción hay en estas obras que oscilan entre la inmaterialidad del arte conceptual y la mera presentación de lo objetual; el caso es que desintegra la acción como despliegue de fuerza. El hecho de que esté precedida por una intención que, preparadora y descriptora, ya lleva la acción a una completitud al margen de su necesidad esencial de acontecimiento, demarca cual ha de ser su principio y su final, cuales los pasos de su ejecución, define sus simbolismos, les impone una simbología y por último requiere de su retrato para guardarla, no ya como acción, sino como imagen, como obra de la encapsulación temporal, cuando lo temporal no puede ser reducido a obra, o sería hecho imperecedero como tal, aunque sólo sea como discurso, por tanto negada la esencia transitoria de la temporalidad y lo temporal.

No, lo que está instalado no es algo tan superfluo, lo que está instalado es ahora una desinstalación, un derrumbamiento, una crisis; por eso nuestra actitud no es crítica en un sentido común, nosotros no aportamos nada nuevo en lo que a los modos de ese hacer artístico se refiere, en realidad no aportamos nada nuevo, sólo ponemos a la luz el hecho oculto en las sombras, nada nuevo bajo el sol excepto el ponerlo todo bajo el sol del mediodía, el momento en que nada ni nadie tiene sombra. Hablar de crítica es pretender empequeñecer algo más allá del criticar.

Bien conocida es la máxima: “el arte es la vida, la vida es arte”; bien, pues nosotros nos encontramos en el extremo opuesto, ya que esta frase no significa otra cosa que contemplar la vida como una formalización figuradora constructiva y constitutiva de realidad, la vida como gramática, como una puesta en escena de un discurso. Una constante actuación en previsión de una situación, es una presunta anticipación al instante, es ver la vida susceptible de ser valorada estéticamente, es ponerse en el lado opuesto a la afirmación de la vida como un crear y un creer esencial que sólo descansan en el momento como generar, que no puede se llevado más allá del instante en su generar originario.


Por otra parte no somos ingenuos ante el hecho de que en nuestra búsqueda de lo originario hay un conflicto en el que origen supone una falta de origen. La apuesta es asumir dicha falta y bajo ningún precepto permitir que un ideal deseo de resolver cada conflicto, nos lleve a decorar el instante como integrante de un proceso global en el que estamos inmersos sin constancia de su supuesto sentido de conjunto, pero aún así con plena fe en su existencia. En cambio, dispongamos un instante de una fuerza tal que siempre sea un “a partir”, y asumamos entonces el origen como una falta de originalidad. Buscar el origen es poner el animo en la búsqueda

Nosotros sólo hacemos patente un punto crítico en el que nos encontramos inmersos, una sima de decisión en la que la presunta compilación de hechos objetivos llamada historia se ve en un trance tal que sólo la puede llevar a ser alejado en el olvido de lo anecdótico, o recuperar como memoria formativa que dispone el espacio y el tiempo anacrónicamente como el formar y deformar que imposibilita instalarse e instaurarse con valoraciones absolutas. Nuestra labor es la de destruir las estructuras que sustentan los discursos, para que esos discursos caídos nuevamente sobre la tierra, sean el manto sobre el que crezca la vida. Leer nuestro manifiesto es similar al avistamiento de un iceberg, en un principio parece un simple montón de hielo flotando varado en aguas gélidas, pero al acercarse, la verdadera dimensión se hace presente, aunque demasiado tarde, pues para entonces ya se ha quebrado la quilla de la nave y pronto el agua cubrirá a los navegante. En un principio el vigía comunica al capitán el avistamiento de la pretensión de desprofesionalizar al creador eliminando al artista, también atisba el deseo de desmercantilizar la acción creativa liberándola de los límites del arte, y también presenta una nueva definición del espacio creativo como apertura y destrucción de los límites impuestos por el arte. Pero cuando el agua empieza a manar dentro de la nave se descubre que ya cuando se dice “los que creamos”, se está aludiendo a una facultad oscurecida que nos es propia originariamente, por tanto, es por fuerza impensable concebir que el destinatario de este escrito sea cierta clase de artistas hastiados de serlo, cuando se ataca al concepto arte como inmovilizador, se está atacando a toda concepción por la que uno se encuentra a sí mismo desde una exterioridad como algo acabado y arrojado, como “cosa en sí”, como “yo”.

La aplicación de la sospecha más allá del plano teórico a todo lo aceptado como real. La sospecha hecha efectiva en cada instante como cuestionamiento del mundo, ya es un primer paso, aunque sólo un primer paso, para situarse con anterioridad al mundo.

Todo lo que se diga acerca del contenido de nuestro manifiesto fundacional en un intento de mostrar la esencia desde la que se origina, no es otra cosa distinta de violentarlo al descubrirle allí en donde esconde sus implicaciones. Pero es que casi a punto de cumplir dos años desde el momento en que se escribió la primera versión, en este momento en que hace relativamente poco lo hemos desatado a los poco acostumbrados oídos del mundo, empieza a pesarnos como una mortaja, y mientras para vosotros es algo insólito, para nosotros es ya algo que no tiene sentido sino es llevado a su propio colapso. Sean cuales sean nuestros movimientos por hacer presente lo que representa, jamás podrá llegar a ser comprendido hasta que el cuerpo falle víctima de su frío, pues sólo será comprendido cuando se padezca su anuncio; por lo cual todo lo aquí dicho no queda como inútil aunque tampoco aporta gran cosa, no es propiamente un acto de violencia, nada comparado con lo que habrá de venir, quizás si una pequeña traición sin importancia, que no afecta a la lenta caída del mundo como indica su mórbida historia reciente, de una especie en extinción, de un tipo por superar.

Según nuestro ya viejo escrito va siendo leído, comprobamos que, al margen de la general indiferencia que lleva a reconocer implícitamente con un cumplido, el que no se ha comprendido de que se está hablando, nos ha fascinado la respuesta defensiva de los que en ciertas concreciones no están de acuerdo, para descubrirnos al profundizar una confesión de temor, una aceptación seguida de una negación a aceptar, una apasionante manifestación de cierto incierto miedo por parte de los que llegan a implicarse con las consecuencias de lo ya tantas veces dicho y de lo cual concluimos que sólo el rechazo de lo que ponemos bajo el sol lleva al mediodía. Pues entonces sus rostros insolados formulan la pregunta por a donde ir cuando todas las formas se muestran falsedades del intelecto por demasiado artificiales, y uno mismo ante tal conciencia pierde su extensión dentro de la convención del mundo, y con los labios deshidratados interrogan: Y si ya no podemos ser eso que habíamos aprendido ¿qué somos?, y si nuestro hacer ya no es glorioso como decían para nuestro regocijo ¿para qué seguir haciendo?.

Llamamos a renunciar a la pretensión de que los actos cobren sentido por su futurible repercusión, en base a esa ficción que ha consolado a unos seres aún en gestación, por la que apuntar nuestros impulsos al lugar donde sólo llegan como ecos los vuelve monumentales, pues con ello debiera pervivir el trazo del acto en nuestra ausencia, cuando realmente no hacen más que atenuarse de forma gradual siempre hasta enmudecer en el silencio. Renunciemos a esa invención de criaturas temerosamente perecederas, y asumamos que nada nos exime de la responsabilidad de batir el aire con nuestro aliento.