PALABRAS INSIGNIFICANTES (una cuestión semántica [1])

Introducción

Para explicar nuestra propuesta nos encontramos en un punto de partida algo complicado: para empezar nosotros como grupo no nos dedicamos al arte. Nuestro origen, se encuentra en un lugar bien distinto del de todas las iniciativas que suelen preocuparse de éstos asuntos. El grupo en su forma actual es la evolución de una idea surgida en la Facultad de Filosofía, retomada hace 5 años después de lo que podríamos llamar una muerte por desmembramiento. Jaos es por tanto un grupo dos veces nacido, cuya forma de mirar los problemas que atañen al arte no parte de la necesidad de arreglarlos.

No obstante, reconocemos el valor de aquellos que aún se proponen dignificar la presencia de ciertas palabras en nuestra cultura, y lo hacemos porque para nosotros se trata de un esfuerzo infructuoso, y por ello merece toda nuestra admiración.

Nos resulta obvia la no adecuación de determinadas palabras con aquello que al usarlas se quiere decir, y concluimos y proponemos como la mejor de las opciones el dejar de utilizarlas

Ésta propuesta es una violencia sobre el lenguaje, y como tal un propósito imposible de satisfacer en su intención última.

Pero no obstante, el abandono de una colección de términos por quienes en teoría debiéramos defenderlos como nuestro patrimonio, irremediablemente hace que quienes se sitúan como receptores últimos de nuestra tarea, perciban la disconformidad que existe entre nuestras intenciones de comunicación, y el producto que finalmente ellos reciben como espectadores. Pues no olvidemos al margen de cuestiones prácticas que para quienes nos hemos entregado a esto desde que tenemos memoria, crear y pensar es una condición para seguir vivos, y no una mera profesión que obramos.

El Jaos:

La palabra pronunciada “jaos” (χαος), es una trascripción fonética de la palabra que en griego clásico significa en la Teogonía de Hesiodo, tal como explica Heidegger, el abrirse de un abismo inconmensurable, sin fondo ni punto de apoyo[2].

Con la trascripción latina ésta palabra se ha transformado en nuestra habla en “caos” perdiendo durante el proceso su significado. Esto es algo que sucede a todas las palabras a medida que el contexto en el cual se usan evoluciona; sólo que en este caso concreto tenemos la suerte de que su significante también ha sufrido una variación y por ello podemos, pronunciándola tal como se hacía, reclamar su sentido primitivo.

El jaos también aparece en el resto de explicaciones míticas griegas tales como la pelasga[3] u olímpica[4]; pero ocupándonos de Hesiodo leeremos: “Al principio nació jaos”[5]. Es importante diferenciar ésta narración de la que abre el texto judeo-cristiano, y en la que una decisión anterior a todas las cosas es la que da lugar a la aparición del mundo. En nuestro caso, al hablar de jaos no se contempla nada previo, sino nace jaos nada es posible y cuando lo hace, sucede algo magnífico pues nada es imposible todavía.

Jaos es orden, pero de una suerte distinta a la idea de poner cada cosa en su sitio con respecto al resto. En el tiempo de jaos no se imponen categorías, ya que aún no hay necesidad de establecer juicios. Como cuando la luz empieza a entrar entre las rendijas de la ventana y comienza a mostrar formas dentro de la habitación, pero aún no ilumina como para que sus límites se precisen y puedan informarnos de sus presencias según el nombre con el que distinguiremos una cosa de las otras.

Es el tiempo de las nereidas, titanes y gigantes, de lo inabarcable; los dioses aún no han venido a repartir atribuciones, y una masa informe se abre paso deseosa de conformar los elementos de un mundo.

Los encuentros

El abismo inconmensurable llamado jaos es el punto temporal en el que la realidad aparece al ser y se funda un mundo, es un instante adimensional, trámite y condición para la vida; al realizarse un encuentro en que esto vuelve a imperar en un ejercicio imposible, no se hace otra cosa más que apelar a la memoria haciéndola recordar el origen, y se constata aquí que aprender es recordar[6]. Se pone la realidad en su punto de partida negándola en su convencionalismo, para después volver a desatarla con fuerzas renovadas.

El espacio de jaos es el que se inaugura con cada encuentro, el que se abre y se expande con quienes vienen a la llamada en un espacio frágil y en constante peligro de ser clausurado, replegarse y desaparecer.

Para que Jaos disponga de espacio, debe suceder una puesta en relación con un carácter insólito, un des-encasillamiento de los modos y maneras. Para que se de lugar al jaos volviendo al texto de Hesiodo, debe haber un espacio inconmensurable abierto para el encuentro sin punto de apoyo, un espacio siempre a punto de desaparecer en un pulso con la nada y la rutina, un espacio insólito aunque casi convencional, el mundo puesto en su cierre para reconciliarlo con su apertura.

Arte y contemporaneidad

Hemos traído la palabra que da nombre a nuestro grupo como un ejemplo de deformación del sentido, y cómo en pro de recuperarlo en su originalidad concebimos nuestra propuesta; ahora es el momento de pensar la palabra por la que estamos hoy aquí, la que resulta de articular en nuestra lengua los fonemas A, R, T y E, que sin contemplar su uso no suponen una cadena más valiosa que cualquier otra y a la que por tanto no debemos un compromiso especial, sino es por lo que nos supone como habitantes que somos del habla.

Al decir “ARTE” en el presente todo queda exculpado; estamos haciendo uso de un concepto vacío. Se escucha hablar de un acto brutalmente subversivo y se crea la confusión, justo hasta el momento en que se dice que es obra de uno o varios artistas, a partir de entonces toda su gravedad desaparece entre lo esperpéntico y provocativo. Nadie se toma ya en serio a los artistas ni sus malas artes.

El arte actual en su fase final, en la que debe mostrarse como una forma elocuente de entendimiento, queda desprovisto de atributos. ¿Quién puede desear que en ésta situación se le reconozca como artista?

En parte esto se debe a aquellos que han obtenido un rédito de ésta tendencia; qué duda cabe que los mercaderes del arte han sabido aprovecharse de ésta cosificación del proceso creativo, sin importar sus cualidades trascendentes. Pero debemos asumir nuestra parte ya que la despreocupación histórica que hemos mostrado al respecto es la equivalente a haberles dado licencia para ello.

En los discursos artísticos del último siglo se ha hablado mucho del espectador inteligente, y de la consecuente necesidad de educar al público potencial para que llegue a ser tal cosa. Esto sólo ha tenido una consecuencia, un metalenguaje ha ido envolviendo a lo que es de por sí es un lenguaje autónomo.

Entre todo lo que el arte podía haber tomado de la filosofía, ha elegido el peor regalo; el criptografíar sus mensajes en una articulación privada del lenguaje y después exigir que el otro la comprenda y aprenda para tener acceso a sus supuestos contenidos.

Otro tema a tratar y en el que ahora no nos vamos a detener, es si aquellos que ya conocen el gran lenguaje del arte, los alfabetizados, por miedo a parecer idiotas han perdido la capacidad de ver la desnudez[7] del emperador.

Esto que mencionamos sobre el enrevesamiento del lenguaje, es una constante en los sistemas filosóficos del las últimas centurias. En cambio cuando acudimos a los clásicos la operación debe ser inversa, nuestro esfuerzo debe ponerse en saber qué sentido tenían las palabras en su uso coloquial, ya que independientemente de la intensidad poética del pensador, cada palabra estaba tomada directamente del contexto social, tal y como el vulgo hacía uso de los términos.

Mientras se contemple al otro como espectador y se levante una barrera de comprensión entre artista y público, de la que curiosamente siempre el que la levanta queda del lado favorable como gran sapiente, y se niegue una igualdad cualitativa para abarcar las grandes cuestiones que determinan nuestra existencia, todo discurso por la comunicación será falso e hipócrita.

Puede que lo más grave sea que el arte y sus artistas hayan entrado en barrena, entregándose con ciega fe a sus propias mentiras.

 

A modo de resumen o conclusión:

El grupo Jaos afirma:

Este reciente invento que es el arte en su significado actual está muerto y por enterrar.

Esta creatura, sentenciada en su aparición como renacimiento hace apenas 600 años, de manos de sepultureros exhumadores para venir a resultar un fraude, no conserva de la necesidad fisiológica originaria, ni tan siquiera unas buenas intenciones. Lejos queda el deseo de saber y experimentar la vida en sus extremos; hoy sólo se quiere lucir la vida artística.

Independientemente de si estamos o no de acuerdo con los fines que en una época determinada se persiguen, no se puede negar que el arte medieval era infinitamente más efectivo que el contemporáneo, pues es un hecho que el vulgo entraba aterrado a los templos. Hoy el arte pretende ser herramienta para la reflexión social libre de trabajar para el poder dominante, pero para afirmar que esto no es así no hay más que ver la apatía con la que preferentemente los turistas caminan por los lugares de referencia del decir artístico.

Si no se toman medidas serias y hasta las últimas consecuencias pasearemos un cadáver cada vez más pútrido y pestilente sobre nuestras cabezas, generación tras generación insistiremos con el mismo mezquino discurso contra las fórmulas de nuestros predecesores, al menos hasta que estas nos satisfagan y complazcan nuestros egos.


El grupo Jaos propone como única solución:

Eliminar del diálogo cada término que en su significado porte connotaciones plomizas, enfermizas y dañinas para el deseo brutal de vida: términos como arte, artista, obra, producción, museo… no tenemos razones para temer perder las formas. Nosotros no, porque nuestra labor es proporcionar nuevas.

Suprimir de los discursos y relaciones con una realidad presente todo aquello que en 100 años no vaya a ser esencial para el sentido de la vida; suprimir de los discursos todo aquello que no pudiera ser esencial hace 30.000 años. Recuperar el sentido último de la necesidad de crear como forma de residir en la acción.

Saquemos la semilla del fruto podrido y volvamos a plantarla.

 

19 de Mayo de 2006 GRUPO JAOS